Programadores en las redacciones

Hoy tenemos acceso a tan gigantesca cantidad de datos que para referirnos a ellos ya no son suficientes los números y recurrimos a las letras. Y aunque buena parte de esos petabytes son cookies, comunicaciones M2M solo comprensibles entre máquinas, contenidos duplicados y/o copiados y/o requetecopiados, vídeos ilegales que YouTube tarda demasiado tiempo en borrar…, en definitiva, morralla digital que ocupa lugar, sí hay datos que son relevantes. Y accesibles. La transparencia tomada en serio ha hecho emerger desde los archivos de instituciones públicas, organizaciones y algunas empresas todo tipo de datos que sí importan porque nos dicen cómo somos. Y es en este océano de datos, cuando los libros de Excel se vuelven torpes e incapaces, donde los programadores se convierten en imprescindibles compañeros de los periodistas.

Y no sólo hablamos de las imaginativas infografías interactivas de los Juegos Olímpicos o del detalle del voto barrio a barrio de las elecciones. El trabajo de los programadores va mucho más allá de la visualización de datos, que es cierto que es la parte más reconocible y viral de sus funciones, pero ésta solo se sostiene si detrás hay una base de datos suficientemente depurada y trabajada.

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Vivir del podcasting en España es posible pero también excepcional

Aunque las marcas empiezan a apostar por el podcasting, la mayoría de ellas prefiere las grandes redes de pódcasts y apenas presta atención a los programas independientes. En estos casos, el micromecenazgo sobresale como la vía de monetización estrella y ya podemos decir que en España hay podcasters que pueden vivir solo de sus programas.

Ahora mismo en España, un pódcast puede ser rentable cuando:

  1. tiene suficientes mecenas que pagan mes a mes lo mismo que cuesta una chocolatina,
  2. tiene algún anunciante importante que lo sostiene o
  3. pertenece a alguna de las redes de pódcasts con las que contactan los anunciantes para poner su publicidad o para que les produzcan programas a la carta.

En realidad, solo hay dos opciones porque la 2. y la 3. son prácticamente la misma: o tu pódcast está dentro de Pódium Podcast, Cuonda, Spain Media Radio o alguna otra red de pódcast importante, o es realmente complicado que los anunciantes llamen a tu puerta. Así que, o te pagan los anunciantes, o lo hacen tus suscriptores, y tienen que ser unos cuantos porque en España el estándar no oficial de la suscripción está en 1,49 euros al mes, que es el mínimo que fijó Ivoox cuando inauguró el micromecenazgo para pódcasts a finales de 2017.

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La prensa milenial recibe su primer revés a pesar de los favorables hábitos de consumo de sus lectores

Aupada por los nuevos hábitos de consumo de información de los mileniales españoles, la primera gran ola de medios dirigidos a este público consiguió millones de visualizaciones en las redes sociales. Hasta que Facebook cambió las reglas del juego y derribó sus cimientos.

La década 2006-2016 fue catastrófica para una determinada parte de los usuarios de prensa, radio y televisión. Todos los canales perdieron usuarios menores de 35 años. Según el EGM, la radio se dejó al 15% de sus oyentes y la televisión, al 21%. Pero la prensa lo pasó peor. En esos 10 años, perdió al 59% de sus lectores menores de 35 años. ¿Adónde fueron los lectores jóvenes que perdió el papel? A Internet.

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Entre los sentimientos religiosos y la libertad de expresión

El caso contra Drag Sethlas, denunciado por Abogados Cristianos, fue archivado

Son casos tan mediáticos que parece que comiéramos con ellos todos los días. No es así. Los juicios por ofensas a los sentimientos religiosos son pocos, pero aún son menos las condenas que provocan. Sin embargo, sus consecuencias para la libertad de expresión y el procedimiento penal empiezan a notarse.

Un artista que formó con más de 200 hostias la palabra Pederastia, un chaval de 24 años que hizo un fotomontaje con su cara sobre la de un cristo y lo subió a Instagram, dos cómicos televisivos que calificaron al Valle de los Caídos como “esa mierda”, un cantautor que enseñó a cocinar una figura de un cristo. Todos estos hechos fueron denunciados como afrentas a los sentimientos religiosos, y todos salvo uno (el del chaval que colocó su cara en un cristo), terminaron siendo desestimados. Pero en todos los casos se obligó a los acusados a sentarse en el banquillo. Es la fuerza del artículo 525 del Código Penal, un artículo con un enorme poder para convocar a investigados y medios, pero con poco peso para condenar. Según la Memoria anual de la Fiscalía General del Estado, en 2017 sólo hubo una sentencia por el artículo 525, cero en 2016 y una en 2015.

Introducido en el Código Penal de 1932, reforzado en 1944 y retocado en 1995, el artículo 525 castiga a aquellos que “para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa hagan públicamente (…) escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican”. No vale con soltar cualquier improperio antirreligioso, que sería lo que conocemos como blasfemia (figura penal introducida en 1944 y abolida en 1988), sino que tiene que tener la intención de ofender. La clave es la intención.

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